El Brasil de los 100 mil muertos por covid-19 y la indiferencia social. Argentina y su comportamiento.

Tras el empinamiento reciente de los decesos, la Argentina se acerca al promedio diario sostenido del vecino. ¿Una posibilidad temible para las autoridades, pero aceptada por la gente? Un escenario impensado hasta hace poco. Cuestión de curvas.
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Brasil desbloqueó el fin de semana un nuevo nivel de espanto y su presidente, Jair Bolsonaro, otro de indolencia. En efecto, el sábado ese país superó el umbral de las 100.000 muertes por covid-19 -alcanzando 100.477 decesos oficiales- y el de los 3 millones de contagios documentados -3.012.412-, aunque se estima que el número real de estos se superaría los 18 millones. Mientras, las encuestas muestran al presidente afianzado en su núcleo duro de apoyo y hasta superando en popularidad a cualquier rival, incluido Luiz Inácio Lula da Silva. Antes de ceder al encanto de la indignación, el lector argentino debería reparar en una posibilidad que acecha: el éxito en la contención de la pandemia es cosa del pasado debido al reciente crecimiento de los casos y, más triste, de las muertes en el país, las que amenazan con llegar a un promedio de 200 por día… equivalente, ajuste de población mediante, al de 1.000 que ha traído a lo largo de los últimos meses al país vecino a su desastre actual. Brasil bien puede ser nuestro mañana.

“Lamentamos cada muerte, sea cual sea la causa, como la de los tres valientes policías militares (estaduales) ejecutados en San Pablo”, señaló el jefe de Estado brasileño en relación con una balacera que conmocionó el sábado a la región de Butantã, en zona oeste de esa megalópolis. Mal representante del jogo bonito, el hombre se sacó de encima el compromiso y pateó la pelota de puntín a la tribuna.

Un sector de la sociedad brasileña se ha conmovido con los tres policías, pero más, lógicamente, con las más de 100.000 vidas segadas por el virus. Los principales diarios y revistas del país se afanaron en ponerles rostro y nombres a las pérdidas, impactaron con imágenes de tumbas en sus portadas, culparon directamente del desastre a la indolencia soez del ultraderechista y hasta se preguntaron “cómo evitar una tragedia todavía mayor”.

En tanto, el poeta Fabrício Carpinejar tocó una fibra sensible desde su cuenta de Instagram al recordar su asombro infantil cada vez que pisaba el viejo Maracaná del “absurdo” de los 100.000 torcedores y al imaginar hoy “cada asiento ocupado por una cruz, por una lápida, por un nombre entre dos fechas”.

Sin embargo, en la era de la grieta universal, hay que asumir que los mensajes emocionales solo tocan a la hinchada propia: los empáticos les hablan a los empáticos y los individualistas, a los individualistas. En el medio, la grieta -he ahí su trampa- aburre a los fluctuantes, los poco informados y los que solo se activan como ciudadanos, de modo decisivo, en los cinco minutos previos a emitir su voto cada cuatro años.

Así las cosas, el tercio aproximado de los fieles del “Mito” sigue firme. La última encuesta de PoderData (2.500 entrevistas telefónicas en 512 municipios de todo Brasil, con un margen de error de +/- 2 puntos) indicó hace tres días que, si se votara ahora, se impondría con 38% de los sufragios, bien por delante de su último rival, el petista Fernando Haddad (14%) y hasta del héroe de la clase media lavajatista, Sergio Moro (10%).

Otro sondeo, del Instituto Paraná Pesquisas (2.030 entrevistas en 188 ciudades de todo Brasil, margen de error de +/- 2 puntos) y difundido a fines de julio, en tanto, comparó la adhesión a Bolsonaro con la que concita Lula da Silva: 27,5 a 21,9%, respectivamente.

No queda claro hasta qué punto los argentinos somos conscientes del modo en que los contagios y las muertes se han espiralizado en las últimas semanas. De acuerdo con la puntillosa estadística del senador provincial correntino Martín Barrionuevo (@mmbarrionuevo), el promedio de decesos diarios fue de 61 en la semana que culminó el 18 de julio, de 95 en la que finalizó el 25 de ese mes, de 100 en la que se completó el 1 de agosto y de 135 el sábado último. ¿Cuán lejos nos queda el escenario brasileño, entonces? El promedio diario sostenido de 1.000 muertes sería equivalente, en la sociedad argentina, que es un 20% de aquella, a uno de 200.

Choca, ante ese panorama, constatar que las autoridades de todos los niveles parecen tropezar con la rebeldía empecinada de una sociedad que ya no soporta el aislamiento, ya sea por necesidad material, por fatiga psicológica, por aburrimiento o por mera irresponsabilidad. Entre esos motivos, algunos son altamente comprensibles, pero otros irritan ante el hecho de que el virus SARS-CoV-2 se ensaña mayormente con los más viejos y con los más débiles.

Dejando aparte a los urgidos, la falta de empatía de los saboteadores voluntarios de la cuarentena es el mismo factor que explica la indolencia brasileña ante el drama. “Lo más escandaloso del escándalo es que uno se acostumbra”, dijo Simone de Beauvoir.

La Argentina tiene, acaso, una última oportunidad, de evitar que la meseta alta de muertes se instale largamente, alimentada por un virus que, como en Brasil y Estados Unidos, puede colonizar zonas aún vírgenes del país. No hacerlo equivaldría a pararnos frente a un espejo que nos devolvería por mucho tiempo una imagen deforme de nosotros mismos.

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