Todos sabían los riesgos del experimento económico de Macri

El equipo económico genera proposiciones heterodoxas, mucho menos sofisticadas, aunque más incoherentes que las de Cavallo en 2001.
LAGARDE DUJOVNE

A los 22 años fui CFO. Siempre estudie las normativas del BCRA. Nunca he visto que un banco pueda concentrar el 61% de los créditos en un cliente-como el FMI-. Lagarde se va, es la pura contingencia. El Director-Gerente del FMI tiene la habilidad de aislar a los políticos que no se someten. Los funcionarios argentinos superaron las expectativas. La relación con la rama política de la organización devino romántica. Desde ahora habrá que tratar con la línea de los técnicos.
 
Un ex presidente del BCRA sugirió sacar del vocabulario: “renegociar” o “reestructurar” la deuda. Según Redrado “cuando lo dice un argentino, el mundo lo entiende como un sinónimo de default”. Lo que insinúa es que deben usarse fórmulas y postulados superfluos. En esas artes, él es invencible. En el otro extremo, Cavallo fue temerario, aseguró: “Las declaraciones de Alberto Fernández no ayudan a despejar el horizonte del riesgo de explosión inflacionaria y de default de la deuda externa para el caso de un triunfo de la fórmula Fernández-Cristina…”.

Son los indestructibles veteranos technopols. El séquito de los organismos multilaterales. De perfil amigable para los mercados, mixtura de petulancia e impotencia, aun cuando se han ido con fracasos estrepitosos, escándalos e historias farandulescas. Cada tanto regresan.

Los technopols (Jorge Domínguez - Pr.Harvard), contingente de actores transversales a los partidos en quienes convergen dos recursos: certificados de universidades de gran marketing, y promoción de operadores invisibles con llegada a cualquier partido político.

Son dogmáticos. Aprendieron que una ecuación es lo único importante. Eligen creer que pueden controlar lo que no ven, hasta que un estallido social los vuelve momentáneamente lúcidos.

Lo que Redrado sugiere es justo lo que prevalece hace 40 meses, un estilo de liderazgo frívolo con lenguaje ambiguo que no generó certeza. Como resultado, se han depositado todas las voluntades en el supremo (FMI), incapaz de vislumbrar la magnitud de la crisis social que pasea por las calles.

El margen de maniobra es limitado. El equipo económico genera proposiciones heterodoxas, mucho menos sofisticadas, aunque más incoherentes que las de Cavallo en 2001. Mientras implementa un ajuste fiscal y monetario brutal, extiende los días para “Ahora 12” y otorga subsidios para vender automóviles importados. Abonar la factura de gas domiciliaria en cuotas, es lo más bochornoso que se les ha ocurrido. Cada decisión que toma el Gobierno provoca nuevas frustraciones. Caída de la recaudación encubierta, desplome del salario y el empleo registrado.

Los constantes intentos de saltear la normativa suspendiendo las PASO, o tratando de proscribir a Espert, no ayudan. Los anuncios grandilocuentes como la inminente unión UE-Mercosur, y los incumplimientos minan cada vez más la confianza y la capacidad de gobernar. Las pymes se concursan. Cierra la centenaria pinturería Alba y el coqueto Shopping Del Parque. Tecpetrol retira sus acciones del mercado. Resulta cada vez más difícil recuperar la popularidad del presidente. Que en buena medida ya se había perdido.

En caída libre la economía, en abril, las ventas en shoppings se derrumban 23% y 12,6% en supermercados. Hay despidos en corporaciones internacionales como Unilever, hasta Latec de Caputo. Los junior a cargo no registran el clima de incertidumbre y desconfianza. Mientras tanto Cavallo repite la estrategia perturbadora que uso en 1989 contra Alfonsín, y Redrado como en 2001, cuando daba seguridades en los medios diciendo que estaba todo bien.

La credibilidad del gobierno hoy es cercana a cero, y no depende del lenguaje de los hombres de plástico ni de hierro. Alberto Fernández es moderado, en el mejor de los sentidos. No es alguien de quien se pueda esperar violencia económica. Los mercados deberían saberlo. Pero tampoco es razonable que el candidato acepte la ficción que le depositó toda la culpa de esta desdicha a las encuestas que lo dan ganador.

El dólar está retrasado y el ajuste realizado no alcanzó los objetivos. Los “costos laborales” en dólares han caído debajo de otros países de Latinoamérica. Sin embargo las miradas siguen en la baja competitividad, por la carga impositiva, los extravagantes costos financieros, tarifas inauditas y remarcación “por las dudas”. Redrado dice que en la Argentina el pase a precios es de 50%. Debe revisar más que 2002, eso se dio en medio de una gran depresión de 16 trimestres consecutivos. En 1989/90, el pass througho pase a precios fue 83% y, en 1990/91 superó 265%. La experiencia mundial sobre los efectos de una devaluación sobre el nivel de precios no es infalible. El pass through, depende del contexto político-económico, el nivel de desempleo, el grado de sindicalización, el nivel y, la volatilidad inflacionaria. La historia de las devaluaciones durante los ochenta muestra ejemplos donde la depreciación produjo inflaciones transitorias y bajas o altas y duraderas. En los noventa, países con programas pro mercados y ayuda del FMI, con poder político, limitaron los efectos de la devaluación sobre la inflación.

Entre los technopols había un “mantra” compartido: “reducir el gasto corriente”, que no es eliminar el déficit primario. El gasto es una decisión política, en cambio reducir el déficit es una decisión económica saludable. Que ahora dicen los que acompañaron, debería haberse implementado al principio. Supuestamente se ha caído en una convicción tardía. El festival de deuda demoró el aluvión de despidos, la caída del poder de compra y, ganó la elección 2017. La pobreza e indigencia están en niveles preocupantes. Amenaza la protesta de los infortunados y, más adelante serán los de la clase media, hoy aterrorizada por la posibilidad de despido y el consumo de sus ahorros.

La experiencia Cambiemos fue ganando su propio desprestigio, luego de haber desacreditado a todo el sistema político y corporativo del régimen anterior.

El demérito también sobreviene del FMI. Lagarde resumió antes de irse: “Subestimamos la situación complicada de Argentina”. Ausencia traviesa de aquella luz en el final del túnel que vio Gabriela Michetti.

Existe temor en los banqueros y camaradas. En seis meses puede que no haya autoridad política que garantice la devolución de los préstamos y el mantenimiento del capitalismo de amigos. Otra vez como en las presidencias Menem, las resistencias a las reformas estructurales regresan de la mano del movimiento obrero organizado -un paro general compacto y otro en curso- y el propio peronismo que se reagrupó, contra toda esperanza oficialista. Menem piloteó las presiones gracias a la victoria contra la inflación, a Macri la carestía de la vida lo deslegitima. El éxito anti-inflacionario que consiguió Cavallo fue clave para asegurar un apoyo popular que Macri no tiene. Macri no acredita la gestión y el carisma de Menem. 2019 va tornándose más parecido a 2001 que a 1999, con un blindaje que De la Rúa no gozó.

El principio de comparación es el bienestar de 2015, contra el fracaso de 2019, al cotejar la calidad de vida promedio de la ciudadanía. La urgencia sigue como antes del FMI, ahora sin Lagarde. Pichetto intenta, pero los grados de aislamiento empiezan a percibirse.

El poder sabe cambiar de manos. La nueva aspiración tiene que ver con una reversión de las políticas. Con este panorama surge la necesidad de recrear justicia social. Existirán diferencias de ejecución e ímpetu, pero se desafiará la impasibilidad del sistema financiero internacional -por falencia explicita-.

Podemos encontrar diferentes motivos y grados de responsabilidad para asignarle a los actores y a los plateístas que ahora se rasgan las vestiduras, pero una cosa es segura; todos estuvieron conscientes de los riesgos que conllevaba este experimento.

Por Pablo Tigani

(*) Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, Profesor del MBA.

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